Blava immensitat

Tu i jo tocant la gespa amb les mans, suau i fèrtil. Com el nen que entrava dins del mar. En el nen veia la vida. Ell, sol, davant de l’aigua, de l’oceà, de l’infinit. Jugava prop de la sorra seca, amb l’aigua a l’altura dels genolls, agafant pedres i llançant-les perquè rebotessin. Un, dos, tres salts i s’endinsava la pedra a l’aigua, com focs artificials. El nen n’agafava una altra, o la mateixa, i repetia el procés. Un, dos, tres salts i s’endinsava altre cop a l’aigua. I el nen reia i saltava com la pedra, cofoi, ballarí, mentre el seu petit cos agafava el color de la sorra, que en diem moreno. I en ell veia la vida.

Tu i jo en silenci mirant el mar, el nen, la vida. Les onades s’aixecaven i remullaven el melic del nen, que es girava d’esquena amb un saltiró perquè el fred no el toqués. I seguia rient. I en ell veia la vida: un nen minúscul davant del mar, un punt microcòsmic en l’aigua de l’oceà. Tantes i tantes possibilitats que tenim en la vida i ens quedem a la riba de la platja, palpant només aquell espai que sentim segur. Temorosos d’enfrontar-nos a la natació i al submarinisme. Porucs de que les onades ens ofeguin, de que els taurons se’ns mengin. Amb pànic a la solitud de l’oceà. La vida és el nen que s’hi endinsa, però que resta a la sorra de la platja jugant sense riscos, amb els peus a terra. Allà hi troba possibilitats, és clar, però tu i jo només hi veiem un nen indefens, incapaç d’abastar la totalitat de la blava immensitat: cristal·lina a la vora, opaca a la distància. Ell segueix jugant inconscient de la magnitud de la vida, d’ell mateix, ignorant la nostra presència fugaç, a la gespa. En silenci.

Fugaç perquè ens alcem, tu i jo, i ja no veiem aquell nen rialler, sinó un que creix, que es fa adult, que entristeix al ritme que s’endinsa una mica més al mar. Amb l’aigua, encara ara, a l’altura dels genolls. Veu i viu més oceà des de la seguretat del melic sec, que només s’humiteja per onades puntuals.

Ens dirigim a on és ell, encara ara nen, d’haver vist poc. Ens mullem els genolls, i més: abracem l’aigua, fresca al melic, i dutxem els cabells, secs del sol. Seguim endavant, mar endins, deixant enrere el nen-home-ancià, ja, que segueix creixent sense veure més que la sorra groguenca, tornassolant la seva pell d’un bru madur i sincer. Efímer, però, l’abandonem. Perquè ell és la vida, aquell instant que flota en l’espai, que veiem i ja no veiem, fugaç. I nosaltres seguim, nedant i bussejant, esquivant onades i taurons, lluitant, la soledat.

Tu i jo ens agafem de la mà i ens submergim. Veiem cinc boscos de corall, cinc vaixells abandonats, cinc balenes que ens miren, cinc submarinistes (com nosaltres), cinc espècies per catalogar (una per cada any). Cinc, de tot. I no recordem al nen que vam conèixer abans d’entrar al mar, que ja deu ser avi, que ja deu ser un tot abandonat de si mateix, frustrat en la sorra de la platja, mentre nosaltres veiem cinc continents.

Tu i jo ens deixem anar, confiant l’un en l’altre que veure’m tot l’oceà, la totalitat, la blava immensitat. Somrient, plorant. Felicitat, sobretot, fins aviat.

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Ágape

Tememos a la muerte.

Vivimos pensando en el más allá, en qué nos deparará la noche eterna. Y la incerteza hace que tengamos miedo de perecer. Porque nadie conoce ese mundo abstracto. Nuestras vidas se transforman en caminos con finales de cascadas incesantes que nos conducen hacia una caída libre sin final. Un sueño profundo, un abismo desconocido, poder tocar el centro de la Tierra… Cuerpo y alma se separan con la muerte. Seremos comida para los gusanos, vestigios para arqueólogos, estudio de sociólogos. O seremos quemados. Tal vez olvidados. De cuerpo. El alma sobrevive, va hacia el más allá, viaja. Se convierte en los ojos de un recién nacido, vivirá una segunda vida, soñada y aventurera, que también acabará. Y seguiremos temiendo a la muerte. En círculos mortales.

Mi abuela tenía miedo de morir. En los últimos años de vida estuvo en un letargo de visión. Sus ojos languidecieron junto con su vigor. Se fue apagando mientras su miedo incrementaba. Desconocía. Pero yo le dije que no se preocupara, que estaría bien acompañada de los que marcharon antes que ella. Y que pronto la iríamos a ver. Que el tiempo vuela como pájaros en el horizonte que flotan en puestas de sol. Hasta que desaparecen.

Cuando sus ojos cristalizaron lloramos su muerte y reivindicamos la vida. Por unos instantes nos olvidamos de la noche eterna que nos acecha. Pensamos en la suya: una noche estrellada con un ángel de guía, ella recorriendo caminos de lágrimas y oasis de recuerdos. Al fin descansa. Su vista exhausta ha recuperado el vigor. Nos ve desde el cielo, nos ayuda, sus palabras resuenan como truenos de tormenta. Como cuando dijo que yo sería más fuerte con cada tropiezo. No me lo dijo a mí, yo estaba absorto en mis miserias, tocando la muerte con lágrimas y sollozos. Lo comentó y aprecié el sonido de sus palabras, las hice mías, audibles en toda la sala como una verdad única e innegable. Años más tarde, cuando lloraba por ella, a su lado, ella apagándose, retomé esas palabras y me las dicté como un mantra que merecía ser repetido. Le di la mano, las gracias, y la besé como un nieto besa a su abuela por última vez. Apagué las luces y sus ojos cristalizaron, enmudecieron, regresaron al alma.

En el primer aniversario que no celebró celebramos un ágape. Una comida a la que asistieron muchas personas, venidas de todo el mundo con ganas de celebrar la vida. Cada sociedad, cultura y religión tiene su manera de vivir la muerte. Y aunque sea un oxímoron tiene sentido: pensamos en la muerte antes de que llegue la noche eterna, debatimos sobre los lugares que serán cielo e infierno u otros destinos, recordamos a todos aquellos que ya se fueron… Nos es difícil vivir nuestra propia vida, nos la complicamos, pero hacemos fácil la muerte al imaginarla antes de que nos llegue. Porque sabemos más de la muerte que de la vida: desconocemos qué nos depara el mañana pero sí sabemos cómo será la muerte: un negro rotundo, la oscuridad de los ojos cerrados, la nada. Así pues, en el ágape celebramos la vida, el presente. Nos desprendemos de la muerte; la mencionamos y la alejamos. Reímos con nostalgia y melancolía, por supuesto, porque siempre recordamos la felicidad de aquellos que se fueron. Y bebemos a su salud, comemos todo el día y nos abrazamos para reconfortar el alma. En cambio, en el día a día solo tenemos la capacidad de recuperar nuestras penas, hablamos menos de anécdotas felices y pretendemos ser recordados con alegría. Maldita incongruencia. Pero es así como hemos decidido enfrentarnos a la vida, sumidos en miserias, penurias y desgracias. Y uno no llega a entender por qué tememos a la muerte si nos recordarán con sonrisas, las mismas que convertirán nuestra alma en cuerpo. Regresaremos. Y a nuestro regreso nos volveremos a preguntar por qué temimos a la muerte si es entonces cuando comprendemos la felicidad de nuestra vida pasada. En el ágape volveremos junto a los nuestros y seremos ojos y sonrisas.

En el ágape volveremos.

 

No estés asustado,

no temas

perderme,

y dime, cuánto tiempo

me quedaré sin verte.

 

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Rosa y nada

Para ti, una rosa. Para mí, nada.

Observo a las parejas que me rodean y las siento llenas de amor, de compañerismo, viviendo con la necesidad de momentos y lugares compartidos. Soledad alicaída. Ellos son el reflejo de los árboles, que nacen próximos unos a otros y enlazan sus copas en una conjunción tierna de ramas y hojas. Pero no son mi reflejo, no ahora. En este momento emerjo de las profundidades de un lago, helado, desnudo, sin árboles ni montañas cerca que creen ilusiones en el agua. Un páramo seco. Ni el agua ofrece vida: se ha convertido en un pozo de seres inmóviles, insensibles e invertebrados. Que no salen, que no son, pese a su condición de seres. El agua resbala por mi cuerpo, no se adapta a la piel ni humedece mi pelo, que sigue encrespado en forma de rosa negra. Como la flor enlacada que va ennegreciendo con el tiempo. ¿Será el lago un rosal?

Regalar una rosa, deseo de amor, rojo pasión. Ignorar que mis manos están vacías. Saber que ya no podrán ofrecerte nada.

Salgo del lago y camino horas alejándome del agua. Pero no encuentro nada. Solo devastación, piedras muertas y árboles milenarios sin hojas, sin vida. El suelo está fragmentado, es un desierto sin oasis, mis pies empiezan a sufrir la sequedad. Se endurecen, se queman, necesitan el agua de nuevo. Así que decido regresar. Empezamos caminos que ignoramos difíciles, imposibles, y tenemos que volver al origen, devolviendo los pasos a un camino de penitencia, de vergüenza. Y cuando llego al lago sumerjo los pies en el agua, se curan, restablezco mi vida. Tocan mis dedos las olas, como el tacto en los pétalos de las rosas. Me enervo al pensar que no podré salir de allí, que siempre estaré volviendo a ti.

Sé que alguien te dará la rosa ansiada, el amor, aquello que yo no pude entregarte eternamente. Yo permaneceré en el lago, en mi soledad, en la nada.

Decido ahogarme en el lago. Bajar hasta las profundidades más remotas para buscar el rosal. Tras horas de descenso no sé dónde estoy. Miro abajo y veo rosas, que van del rojo al negro. Miro arriba y veo transformar el paisaje. Lo veo borroso, me ofrece cambios: árboles verdes y montañas nevadas aparecen difuminados ante mis ojos. Estoy en un punto intermedio. Puedo bajar, recoger más rosas, ahogarme. Puedo subir, salir a la superficie, ver nuevos parajes. ¿Es el lago un oasis? ¿Estoy dentro de un espejismo? Me freno en mitad del agua, cierro los ojos y me imagino caminando aún hacia más allá del lago, lejos, al infinito. Soledad alicaída. Abro los ojos y veo rosas rojas a mi alrededor. Han subido de la profundidad. Cojo una, con una basta. Y empiezo a subir de nuevo, sin mirar abajo. Aleteo los pies para impulsarme, quiero llegar arriba, quiero darte la rosa. Pero la corriente de subida es más fuerte, más pesada, me frena. Los pulmones están anegados de agua y se me empieza a nublar la vista. Pero sigo subiendo con fuerza, imparable, sé que voy a llegar. Muevo los brazos mientras sujeto la rosa con la boca. Los pétalos frotan mi mejilla y un perfil de sangre emana de mis labios con el cortar de las espinas afiladas. Se mezcla el rojo de la rosa con la sangre. Se nublan mis ojos, subo sin ver nada. Muevo los pies. Intuyo la luz cerca. Dos pétalos se deshacen de la flor y me cubren los ojos. Me cierran el paso, me quieren devolver a la profundidad con su peso. Noto su peso. El tiempo. Me dejo ir, flotando, no voy a llegar. Abro la boca para coger aire y un tsunami arremete contra mis pulmones. Me apago. Me quito los pétalos de los ojos. Te veo.

Te doy la rosa.

Nada.

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Naipes, tabaco y promesas

Ven conmigo. Como habíamos prometido. Aunque los juramentos se los lleve el tiempo, el viento, y se convierten en polvo; para mí fueron eternos. Sé que ahora estás lejos, que no volveré a verte, pero vemos a la vez los rayos de sol que nos separan. Te siento cerca, terrenal, en mi piel. Pese al tiempo, pese al polvo que veo reflejar en tardes de primavera. Ya nunca más estarás conmigo. Pero te digo ven, porque allí donde estés es donde iré. Algún día. Quizá hoy, quizá dentro de cincuenta años. Te fuiste sin despedirte, pero aún recuerdo el final: qué me dijiste, qué hiciste. Te liabas un cigarrillo, hablábamos de tabaco, me mirabas divertido porque un chiquillo como yo te hablaba de tabaco. Sujeté el cigarrillo a medio liar, te pusiste aquellas gafas divertidas que se imantaban en medio de la montura y recuperaste el vicio de mis manos. Temblorosas ahora que pienso en ti, que recuerdan que te fuiste. Porque puedo recordar aquel instante como si fuera hace siete minutos aunque sean siete años. Y puedo recordar mi llanto de tres días después, en aquel fatídico mediodía. Yo estaba entre naipes, viciado entre ancianos, tabaco y carajillos, cuando una voz me sacó del juego y me metió en una centrifugadora de cerebros. Me hizo perder los años vividos y me convirtió en pariente de los abuelos, quienes sienten la muerte cerca, quienes van perdiendo amigos, familia y vida. Hablas con ellos y resuelven el tiempo con anécdotas de conocidos desaparecidos, enterrados. Escuchas sus lamentos de parientes que ya no están, que se fueron, los notas solos y amargados y llamando a la muerte, como nosotros, los jóvenes, vamos jugando a los naipes con la desazón con la que nos enfrentamos a la vida. Una crueldad que nos viene infringida, determinada, que nos saca del juego de la vida y nos da unos zarandeos letales en momentos inesperados, brutales. Nos sentimos jóvenes, con la mano ganadora, y entonces sale de su rincón el anciano veterano de miles de partidas y nos arrebata la victoria. La vida. Nos lleva a la muerte. Tu muerte me destrozó la mano. Tuve que recomponer mazos y bazas. Era alérgico a los cambios y tú me obligaste a ello. Dejé allí a los abuelos con sus cartas y sus miserias y acompañé a la voz hacia la noticia asfixiante. Humo de café atragantando mi respiración: lo cubría todo, incluso a mi madre y a mi padre y a dos hombres de uniforme que siempre asustan pero que aquel día ni me miraban, asustados ellos, apenados. Compartieron mi llanto, lo vieron, un sentimiento tan íntimo les fue mostrado y lo sintieron dentro. Mis lágrimas fueron también las suyas mientras otro hombre ocupaba mi puesto en las cartas, se apoderaba de mi juego, inconsciente de mi terror y de la sencillez con la que la vida desaparece. Fugaz. Como dejar una carta sobre el tapete, suave, y que otra mano reviente la mesa con una fuerza victoriosa. Un joven naipe aplastado por el desorden del tiempo, por poderes implacables, por la injusticia vital que arremete en segundos puntuales. Aquellos que quedan grabados en la retina. Porque mi iris, derretido, aún te imagina liando tu cigarrillo. Y mis oídos aún te escuchan hablar de olores de tabaco que entran por mi nariz. Y mi boca, enmudecida, que solo sabe decir nada. Y se atreve a contarte una promesa, amarga como el gusto y el olor del tabaco. Una promesa que no hizo. Pero que decía ven conmigo. Y aunque los juramentos se los lleve el tiempo yo me convertiré en polvo; seré eterno. Y será entonces cuando ya no estarás lejos, sino cerca, a mi lado, yo a tu lado. Te diré ven, porque allí donde estés es donde iré.

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Vidas inmóviles en constante rotación

¿Vas a saltar? Ya está todo preparado. Queda poco tiempo. En dos meses tu vida cambiará para siempre y dará ese giro (in)esperado que tanto anhelabas. Decides que no hay vuelta atrás, que nadie ni nada puede frenar tu marcha. Lo podrás recuperar cuando vuelvas, si es que vuelves, pues todo seguirá igual. Vidas inmóviles. O quizá preferirás comenzarlo todo de nuevo sin importarte el pasado, fruto de lo que conocerás en los lugares de tus viajes. Parece más razonable y apetecible esta segunda opción.

Haces cavilaciones sobre tu marcha, sobre el viaje; sobre los países que visitarás y los destinos posteriores. A tu mente le gusta imaginar viajes astrales, polares y continentales; viajes exóticos y experiencias de todo tipo. Viajes, al fin y al cabo. Le gusta imaginar pero prefiere que vaya surgiendo lo que sea. Que la vida la lleve por caminos impredecibles, paradisíacos. Cargados de historias y de sentimientos, que a tu vuelta te permitan escribir y recordar, con nostalgia y pasión.

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Arrodillados para siempre

A ti, dueño del mundo.

Guía tus sueños por encima de los demás. Encuentra sus miserias. No les reconozcas sus perfecciones. Destrózalas. Impón tu juramento y tus leyes. No eres un simple hombre. Eres más. Un ser superior que abarca lo inimaginable. Allí donde otras personas son incapaces de llegar. Tu reino. Eterno. Donde tus acciones son incuestionables. Eres juez y ejecutor. Nunca cedas, pues intentarán arrebatarte el paraíso. No luches. Que otros lo hagan por ti. Dirige. La lucha es debilidad. Todos los reyes tienen su ejército, no se exponen a las flechas enemigas. Los soldados son tu escudo. Pero cuando los enemigos te obliguen a luchar, no te escondas. Demuéstrales por qué eres el verdugo de sus pesadillas. Tú eres la espada que tanto temen. Eres el dueño del mundo.

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Duelo de miradas

La lucha incansable contra el olvido lo atormentó para siempre desde aquel duelo de miradas en una tarde de fuertes vientos. Nunca antes se había enfrentado a la idea de poder hablar con ella. Más ella jamás le había dado la oportunidad de que se le acercara. Aunque eso era lo que él creía. En realidad ella lo había esperado tanto como él había batallado contra el olvido. Aquella mirada lanceolada lo absorbió y lo mandó hacia los barrios del dolor y de la rabia en donde ella vivía. Pues aquel duelo de miradas se convirtió en el intercambio vital que ella había esperado durante tanto tiempo. El odio que ella sentía se trasladó hacia él en forma de miedo y soledad. Se sintió liberada. En cambio, la pasión efervescente con la que él vivía se introdujo dentro de ella en síntomas de calma desierta. Pudo entender, al fin, qué era el olvido. Él ya no significaría nada para ella.

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